sábado, 13 de septiembre de 2014

Cristales


para Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra
Yes Mrs. Williams, el volumen de testimonios  hilvanados con bochinches que William Carlos Williams escuchó de boca de Raquel no forma parte de canon alguno, aunque en una de las cartas que escribió el poeta comenta que la biografía de su madre será su libro más importante. Fue uno de los más difíciles. Williams tardó décadas en entrar y salir del manuscrito. Lo publicó con señales de obra inconclusa en las postrimerías de su vida, diez años después de la muerte de Raquel, cuando la muerte propia era su perseguidora cercana. El libro, casi póstumo, no es alimento para lectores que no toleren bien el blood sausage ni la voz de una mujer que hablaba un inglés quebrado y era tan capaz de improvisaciones dispersas como el hijo. Son los recuerdos de una criolla mayagüezana, de su familia de comerciantes y diletantes, de sus esclavos, de París. De pobreza y de condesas. Apuntes, notas sueltas, comentarios traducidos desaliñadamente. Palabras mal oídas. La historia de un lado del  origen del poeta que dedicó sus versos más célebres a una ciruela y a una carretilla roja.
Carlos escuchaba la palabra Mayagüez con la distancia que merece el sonido impronunciable y quizás con un poco de vergüenza. De Mayagüez no tenía por qué saber lo que registran los documentos: la venta allí del bergantín Wissahickon, con matrícula en Nueva York, encallado en aguas caribes, declarado inservible y vendido en subasta pública en 1852. Si lo hubiera sabido quizás hubiera escrito la novela del bergantín. Tampoco llegó a leer el hijo en sus 79 años de vida el “Informe sobre el guano”, redactado en 1856 por George Latimer, cónsul de Estados Unidos en Puerto Rico. No tenía por qué haber leído los 290 despachos originados en el consulado de  Mayagüez.  Ni saber que Mayagüez era aduana de primera clase, aunque sí le hubieran interesado los intercambios incesantes entre islas e imperios en un mundo menos cerrado de fronteras.
En cambio nada se le dio a conocer con más claridad que el Mayagüez del oído que ninguna historia escrita recoge. Lo transcribió con tozudez de hormiga, él, que traducía del chino sin saber chino. Lo copió sin borrar pistas, para que alguien, acercándose a las letras con el oído luminoso para las texturas, diera algún día con ellas. Alguien que borre la transparencia de los fantasmas, un ojo que pueda captar las ondas que se le escapan al ojo humano,  para poder ver lo que Raquel le dio a ver: el día que ella y su madre, con discreción de aristócratas blancas, se bañaron en una quebrada espumosa. Batiendo el agua con las manos, cubrieron de gotas cristalinas las hojas del maguey.
Raquel es la guía y el hijo su copista díscolo. En cada línea del poeta se lee la tenacidad del hombre que cae, se levanta y vuelve a empujar cuesta arriba el peso de una existencia laboriosa.
Recuerdos propios y ajenos. Una evocación del más parisino de los músicos puertorriqueños: Manuel Tavárez (Carlos transcribe el apellido así: Tamares). Tavárez nació en San Juan en 1843. Era graduado del conservatorio de París, sufrió un derrame que interrumpió su carrera, compuso aires melancólicos. El recuerdo de Raquel se originó en algún comentario pronunciado al vuelo por una boca irrecuperable en cualquier tertulia, o en el inagotable anecdotario de su hermano Carlos. Resistió las marejadas de la migración y la ceguera de su portadora. Fue escuchado y escrito un siglo después en la casa de 9 Ridge Road. Encuentra un párrafo en esta novela, cuya existencia no le hubiera pasado por la mente a William Carlos Williams.
Tavárez frecuentaba el taller de un zapatero donde se reunían cinco varones musicales que imitaban instrumentos de orquesta. El quinteto inventaba melodías. Tavárez las apuntaba y acicalaba a la manera de un estudiante de Auber y D´Albert antes de incrustarlas como lentejuelas en sus danzas de concierto.
Mayagüez, uno de los puertos privilegiados de las Antillas, rehace su historia entre cataclismos: el “fuego grande” de 1841, el maremoto de 1918, el delirio caricaturesco del progreso que convierte la casa materna en estorbo público. Cuenta Raquel de la cantidad de alemanes que vivían en una pensión para solteros. Recuerda los piropos de los soldados españoles y el carácter nervioso de los franceses que saltaban en sus sillas de contables como si se hubieran tragado un ají picante, o frijoles saltarines o un circo de pulgas. Remember them my child? Del piano donde Raquel aprendió música  lo más memorable, además de que sobre sus marfiles habían volado los dedos de Gottschalk, eran dos sencillos candelabros de plata que denotaban la posición social de la familia. Carlos el poeta no lo sabe. Carlos no supo que ciertos sabores de su Mrs. Williams se pierden para quien no se sienta animal exótico en los umbrales del bestiario de especies extintas. O puertorriqueña viva en 2014. El regalo oscuro de un poeta que lo publicó a regañadientes, para completar los oficios de la difunta conserva unas débiles claves centenarias de una ciudad que no divulgó sus referencias ni tuvo contemplaciones al momento de extirpar los barrios y las casas que no armonizaran con las metas del crecimiento  veloz. 
Olores y sabores. Tan punzantes las morcillas de Christophine como la pulpa del mango que Raquel devora haciendo muecas de monita en el patio trasero de Mayagüez, tan cercano al mar que huele a mar.
En Rutherford el agua es dulce, pero el olor a mar deposita sus cristales en el vuelo de los pájaros. El París de las reproducciones de pinturas de Carolus-Duran y Caillebotte que forran las paredes del dormitorio de Raquel, en la casa del hijo, se empaña de polvos salinos.
Raquel sabe cómo fabricar cristales. Basta introducir un hilo en una solución. Unas criaturas muertas que se asemejan en su movimiento a los organismos vivos se le van adhiriendo.


viernes, 22 de agosto de 2014

La ventana del este


 
 
 
De un puñetazo feroz hunde las teclas de la Underwood. Se tuercen como patas de araña sorprendida. El hombre se abochorna. Acerca la mano violenta a la estufa de carbón agazapada a la izquierda de la banqueta, cerca de la pierna que más le duele.

El aire del ático congela el grafito de los lápices. Es una habitación larga y estrecha; helada en las madrugadas de mayo, humeante de calor en julio. Reorganizada para abrir un espacio habitable sin perder la función de depósito de sobrantes familiares, sigue repleta de baúles, cajas de cartón, muebles desencolados, álbumes de fotos, marcos.

El escritorio da frente a la ventana del este. La luz de una luna enorme entra por ella. Alarga la sombra del conducto de la chimenea fría que oscurece la pared del sur y rebota de un lado a otro con la alegría de un encuentro de duendes. Sobre la pared del oeste el rayo de luna alumbra las caricaturas de un padre proveedor y una madre desprendida.

El hombre reacomoda las teclas de la maquinilla con el cuidado de una tejedora que desenreda sus hilos. Abre una gaveta del escritorio, saca un forro plástico y la cubre.

Mientras se levanta sin enderezar la espalda, apoyando las manos en los bordes de la banqueta, se enamora del crujido de sus huesos. Está vivo, le asombra esa alegría intacta. La asocia con el orden de los libros. Él escribe libros porque olvida quién es cuando escribe. Ha tatuado tantas páginas que con ellas podría empapelar la fachada de la casa, los troncos de los árboles, las aceras que bordean las calles del vecindario. Si las alineara una tras otra en una vereda hacia los humedales del río Passaic y de ellas se desprendiera una balsa de letras flotantes para sortear mares, llegaría a un país que es otro planeta, ese que solo se deja empapelar en la oreja de un poeta loco o en imágenes mercantiles de plato de porcelana decorado con aguas rizadas.

Fue un ay estremecedor seguido de gemidos como aquellos que parecían brotar de las paredes de la casa vieja, situada unas cuadras al sur de la casa del ático helado en las madrugadas primaverales. En aquel tiempo, en aquella otra casa, el padre salía al pasillo y escupía una orden seca a los demonios. Gritaban por las bocas de un animal de tres cabezas: la abuela que olía a sustancias anteriores al cine y a los automóviles, incrustadas en el pelo decadente; el tío Godwin, un monstruo que se comió las cadenas y Raquel, escapada de la cama del marido para sumar su coro de voces parásitas en créole y en español a la explosión de aullidos que de pronto daban forma a un verso en francés o en el inglés vetusto del tiempo de los lagos donde se ahogaban las letras de otros poetas y los niños abortados de sus amantes. Ese inglés cristalizado en la dicción de un actor, nieto de otro actor de los años de Byron y, como una salpicadura a un tiempo deslumbrante y vulgar, en la lengua de la abuela. Cuando Raquel, la abuela y el tío soltaban sus demonios, en las iglesias de Rutherford se encerraban los hombres de Dios. Entonces la voz del padre se imponía como cuando su cuerpo, el del padre, asimilaba tortas de hormigas en las junglas nicaragüenses con el mismo estoicismo que toleraba el exceso de pimienta en la carne de res cocida con papas sobre arroz blanco y habichuelas coloradas que almorzaban puntualmente en el angosto comedor de la casa vieja. 

Aquella noche lejana el padre impartió el latigazo de una orden y las voces regresaron a la oscuridad de los cuerpos. Él no ha practicado mucho el arte del látigo, fuera del destilado inútil que supuran los rencores literarios. En cambio  es un virtuoso de la nalgadita seca. Ha asistido en miles de partos, ha sobado los culitos de miles de recién nacidos agarrados por los tobillos. Casi siempre golpea las teclas de la Underwood con nalgaditas dulces. De su voz no sale el grito autoritario del padre.

En su diario vivir, cuando escribe, porque es posible seguir escribiendo en el mundo de los animales cuando completa las rondas diarias llevando en el maletín el estetoscopio, las pinzas y las gasas, es solar como un hijo alimentado de obediencia. Años atrás ocupó el espacio del ático para pulir sus letras en el silencio de la medianoche. Y ahora, ante sus ojos, el empapelado de rayas cruzadas se ha convertido en alambre de púas.

Desfallece como se quedan mustios y blandamente asquerosos los párpados de los pollos muertos. El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.

Baja la escalera estrecha, entre la pared del lado del sol naciente y la pared del cuarto de Raquel, con un paso medido que se opone al desgreño de los gritos, cuidándose de no añadir ruido, como un marido que llega tarde y no quiere que su mujer lo huela. Como si el olfato de un cuerpo que has invadido fuera un demonio resistente al jabón desinfectante de los hoteles de sábanas gastadas. Ya en el rellano del segundo piso, donde están los dormitorios, lo espera Florence cruzada de brazos, en bata y chinelas: el traje de gala de Florence. No quiere mirarla ni entrar en conversaciones sensatas con esa pizca de rabia que se muerde el rabo. No quiere mirarla y recordar que ya es el día señalado para entregar a su madre. Va al encuentro de la otra mujer de la casa.
 
Se mete de perfil en el dormitorio. Cuando sus rodillas tocan el borde de la cama de pilares la vieja se alza como la ha visto desde que era un niño: el torso enarcado, los brazos al aire, la carita sudorosa, el pelo blanco erizado. Él sabe que despertarla bruscamente le hace daño, y que una inyección de nembutal la adormecería. Despertaría atontada, más sumida en un lugar que nunca será la hoja que habitan los saludables, los humanos normales, sino boqueando en aquel pantano donde se hunde y al cual, alargando la mano hasta el cuello del hijo, pretende llevárselo. Vuelve a recordar el grito autoritario del padre, el hombre que, si no supo quererla con la vehemencia que tanta fuerza reclamaba, sí tenía una forma resistente de cuidarla y un protocolo de comportamientos domésticos. Ante el cuerpo de la madre, un conocimiento que no es tanto decisión como fascinación lo empuja hacia el método que el viejo le disputaba a las curas parlantes del Dr. Freud.
 
–¿Quién habla? ¿Quién eres?
 
Quejidos, contorsiones. Se le acerca sabiendo que una vez escuche la voz del hijo no correrá peligro de muerte. No confía en el hijo, pero al médico que hay en el hijo lo respeta. Moja en Agua de Florida el pañuelo que carga como un mecánico de automóviles en el bolsillo trasero del pantalón y se lo pasa a la vieja por las sienes. Ella manotea su rechazo, él aprieta el pañuelo, dejando caer una gotita del perfume en los ojos desorbitados con una delicadeza cruel que lo compensa un poco de estar atado a los caminos del infierno. 
 
La vieja grita su espanto de ojos lastimados. Él le refresca las sienes con el pañuelo. Acerca una oreja. Cree escuchar la palabra casa. A veces piensa que ya es imposible recibir una imagen viva de aquel cuerpo contemporáneo del nacimiento de la poesía moderna.
 
Escuchar y ver son hábitos. Y apuntar. Suele llevar los bolsillos llenos de papeles. El padre de Florence le regalaba resmas de papel donde imprimir sus libros, pero este tesoro de papelitos es solo suyo. Echar a la basura un papelito equivale a despreciar a los humildes. Por más que los hubieran destinado a la esclavitud de los recibos, al dorso estaban en blanco. El dorso puede ser tabla de salvación. Un dorso en blanco puede salvarle la vida a un poema. Incluso prefería anotar en papelitos abocados a la basura. Le parece demasiado solemne el cuaderno de apuntes, casi tan almidonado como T. S. Eliot, el poeta que ha detestado con  lealtad de enemigo. Esos cuadernos que le regalaban sus pacientes, esos que solo usaba cuando se encontraba fuera de casa representando el papel de poeta.
 
Desde que la vieja se volvió más huraña, al regreso de aquel verano en la costa, se perdieron las máscaras de la palabra. Desde las cartas que se habían cruzado antes de la muerte del padre, cuando él era un pobre estudiante de medicina y ella una mujer todavía deseosa, no habían cambiado los roles. Él se dedicaba a consolarla con descripciones apresuradas del día y declaraciones de que estaba dispuesto a ser, más que hijo, hermano y amante. Ella se dedicaba a dejarse adorar y a expresar que el mundo, salvo París y algunos parajes de Mayagüez, era una porquería. Pero años después la mano temblorosa de la madre solo servía para pedir dinero con que pagar los impuestos, pagarle al carpintero y encargarle remedios con nombres de botica. Pies hinchados, sordera. Rota la corriente brava de palabras el médico y su madre se enfrentan como dos barajas en un páramo. Cuadradas, unidimensionales.
 
Él sabe de palabras, él no cesa de intentar consolarla con palabras. Su aprendizaje fue aquella casa de voces dolientes. Pero las madres no necesitan que los hijos hablen. A las madres no les interesa escuchar a sus hijos. La madre sabe que los hijos no son del padre. Los hijos son suyos. Si son varones alargan el dominio de ella, porque el padre ausente no tiene más dominio sobre sus hijos que el otorgado por la madre. El médico reconoce, a veces, en sus propios desamparos, que siempre fue el hijo de las mujeres de la familia. A la madre ni siquiera le interesaba que el hijo conservara sus palabras. Solo quería seducirlo, arrebatárselo a las artimañas de la otra seductora de la familia. La abuela. La madre sabe lo que se trae entre manos el hijo. Una trampa. El hijo quiere escribirla, no porque la quiera, eso siente la madre, sino para poder quererla. Porque el hijo solo quiere lo que le sale de los dedos a las teclas. El destilado de su insufrible vanidad de optimista.
 
Se sienta en el borde de la cama, acaricia el pelo de la vieja, mira hacia el esqueleto gris del arce del jardín. La luna llena ilumina sus ramas. La madre solloza, habla con los ojos cerrados. Podría maldecirlo como maldicen otras madres a los hijos crueles. Pero Raquel no es capaz de olvidar el empaque de su dama interior. En un escenario teatral no sabría interpretar la fragilidad de una desvalida común. Es una reina expulsada de su reino y sabe cómo pesar cada palabra con una intensidad que la poesía del hijo envidia. Recoges mis palabras como si fueran muestras de excreta, le dice la vieja, que ha liberado en su locura senil un sentido grotesco de la vida. Y lo mira con los ojos bien abiertos, sin parpadear, con la esclerótica dominando el centro del terror, con aquel desprecio que le mostraba de niño, ante sus insuficiencias. Cuando él se le acerca a tomarle el pulso, ella se levanta sin esfuerzo y le planta en el oído un beso ruidoso y frío.

 
Entonces la inyecta. Despertará tarde, a las diez, cuando él se tome un receso de sus pacientes para subirle el desayuno y las medicinas. Desayunaría solo con Floss, quien entendería que el tema de la madre no forma parte del cereal y las ciruelas frías, de las citas, de los pacientes, de la limpieza de la casa, de la decisión inaplazable. Porque ese mismo día entregará a su madre cuando los del asilo vengan a buscarla. Regresa al ático y escribe: Gracias a dios por la poesía viva. Es el único motivo de satisfacción.
 
En la calma loca no es posible escribir más. El aire no circula. Se siente niño en el refugio del ático. Le avergüenza, como en otros momentos de debilidad, la ambientación pueril. La idea de morirse de repente, sin antes recoger sus juguetes. Ha decorado las paredes con cartulinas: avisos de exposiciones, tarjetas postales con vistas de París o del campo inglés, enviadas por el poeta loco –¡cabrón, aquí es donde tendrías que estar!- . El poeta loco nunca tuvo problemas de identidad con su nombre. Era hijo de una millonaria y de un aventurero. Ezra Pound. En el apellido llevaba la raza. En cambio, ¿qué raza lleva el nombre de William Carlos?
 
El ático es el lugar de la locura femenina, pero para William Carlos, que es mujer solo en parte, es la habitación propia que rescató y mantiene gracias a su trabajo. Mientras él escribe sus hijos combaten con nazis, fascistas y japoneses. Matan para dejar de matar. Abre la ventana que da al jardín, se consuela saludando las ramas altas del arce, respira el aire frío. Se toma el pulso. Ya es tarde para alargar la parte negra del día en los comienzos del siguiente. Se acuesta en el piso, mirando el árbol. Era joven cuando compraron la casa y aún se ve menos gastado que él, porque no se enfrenta con la misma urgencia al placer y al espanto.
 
Desde aquellas noches fue la poesía de Carlos. Nació vestida de terrores. Le ha costado, cuando escribe, deshacerse de esa carga de palabras. También ha pagado el precio de la compasión que le inspira la música de las palabras débiles, como esos gatitos enfermos que exigen la vida que no merecen. Anota palabras, no podría dar un paso sin llevarlas a la tinta. Desconfía de la facilidad, desconfía del oído hecho a la medida de la voz del padre. Persigue una poesía que no se contenta con ser lo radicalmente hermosa que es, como si el cuerpo más agraciado del mundo no se resignara a la belleza y prefiriera vestir andrajos.
 
Él no quisiera saberlo, pero sabe que la madre, ese cuerpo desordenado por los espíritus, también es lo más cercano al contacto poético, el olor a mortaja que despiden ella y los apuntes secos.
 
Carlos se propuso anotar las voces de cuanto le rodea: de las casas de los pobres en sus cortinas, pisos sucios, vasos rotos, olores e infamias; de las flores cuyo suelo nutricio ha visto desaparecer ahogado por desperdicios industriales que tiñen el río de colores venenosos, a lo largo de una vida que ha tenido el pie del nacimiento por allá lejos, cuando no existían ni la luz eléctrica en cada hogar ni los automóviles que ahora lo transportan casi a la velocidad con que lo invaden las palabras. Pero hay voces invencibles y también ha sabido dejarlas en paz, como a veces decide no recomendar cirugía a un viejo incurable. La poesía nueva es antigua, dice incorporándose con alivio y volviendo a sentarse en la silla, volviendo a desenfundar la maquinilla. Coloca los codos en el escritorio y la barbilla en las manos cruzadas. Te engañas si crees que no podrás escribir una línea más.
 
 

(Del primer capítulo de Raquel en Rutherford, novela inédita)

jueves, 14 de agosto de 2014

 
 
 
Underwood... señaló vigas entrelazadas caricaturas de impresión. La vergüenza, la frustración, pierde el juego. Un hombre sentado en el lado izquierdo para evitar el acoso de sus piernas, por lo que la estufa de carbón para la calefacción. Atari es una pluma congelado. Esta es una habitación larga y estrecha. ¿Puede el calor de julio húmedo, todo el gabinete, muebles, marcos de cuadros en la mañana. Al este frente de mi ventana. Ventana, la luna, una gran luz que viene en silencio en la oscuridad de la incertidumbre, la pared de ladrillo chimenea apagada y rebotar hacia atrás y adelante deleite de hadas para cumplir. Familia servicio de luz de la luna de la historieta Muro de los Lamentos, la madre y el padre. Él cree que la navaja fácil unión de punto de fibra reorganizado. Forro de plástico y la caja, tire del cajón abierto.
 
(Primer párrafo de la (ex) mi novela inédita Raquel en Rutherford pasado por aguas del húngaro, urdu, chino, sueco y de ahí al español de google. Para Nestor Barreto.  En la foto la casa de la familia Williams Hoheb en Passaic Avenue, Rutherford)

lunes, 4 de agosto de 2014

George

 
Carlos Hoheb se alegró mucho cuando Raquel enamoró como por encanto a William George Williams. William George es hombre escéptico, predecible como un tendero. Sin gran talento para la música, aunque capaz de sacarle al piano unos acordes acompañantes. Fiel lector de Shakespeare, puntual, de buen carácter, dotado del temple necesario para amansar los nervios de Raquel. Carlos Hoheb no disputaba que el espiritismo fuera una de las ciencias de su tiempo. ¿Quién era él para enmendarle necrofilias a Betances y a Victor Hugo? Los saberes no tienen fronteras. Pero lo que Raquel veía sorprendía. Lo que no decía inquietaba más. Ese secreto aterrador que es Raquel.
(De Raquel en Rutherford, novela inédita; retrato de William George Williams, padre del poeta William C
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arlos Williams)

domingo, 27 de julio de 2014

En el bosque


 
 
 
Para Vicente Quevedo Bonilla

Escribir sobre Fermina es describir paisajes. Se crió entre farallones y lomas, en la Sierra de Cayey, un bosque húmedo subtropical donde se puede tocar y pesar los olores en la luz líquida. Ese bosque es lugar de nacimiento de corrientes de agua, un vivero de quebradas sin nombre que han ido perdiendo sus caudales. Manantiales como el pozo que endulzó la agonía de mi abuela. En aquel bosque se amontonaban especies del otro lado del mundo con árboles y arbustos nativos. Los nombres con que alguna vez los llamaron ya no se escuchan en el silencio que rodea sus descendientes: uvero de monte, avispillo, cedro hembra, orégano cimarrón, guaraguao, birijí, jagüey, guamá, jácana, espino rubial, higuillo.

…….

Aquellos humanos eran de otra especie. Cuando visitamos el bosque de Fermina, cuando pasamos nueve horas en su bosque, al regresar a casa sentí que seguía allí, caminando a oscuras de un lado a otro de la sala cerrada. Recordé una visita que nos hizo Juan Alsina Santos, el patriarca empobrecido, a mi madre, a mi hermana y a mí. Vivíamos en una casa pequeña, como de muñecas. Fue la primera propia de mi madre, que vivió para darle mucho amor a sus casas. La posibilidad misma de ese amor fue la obra maestra de una huérfana que supo quererse a sí misma, desdoblarse en víctima y amparo, curarse con la poca ayuda que tuvo, llegar a ser dueña y custodia de tres casas propias. No sé cómo aquel jibaro, mi abuelo Juan, nacido para la fecha del nacimiento de William Carlos Williams, magro y derechito como un general de cinco estrellas, vestido de kaki, viajó hasta la casita en Bayamón donde lo esperábamos mi madre y sus dos hijas traviesas, matriculadas en un colegio católico que ella pagaba haciendo milagros. Debe haber pasado una semana con nosotras, quizás con motivo de algún examen médico o simplemente porque en aquel tiempo, cuando se estrenaba casa, era obligatorio mostrarla a amigos y parientes.  Mi madre debe haber sufrido una asombrada decepción ante la reacción del abuelo a la luz eléctrica que emanaba de las bombillas literalmente flamantes. Se recogía en el “cuarto de huéspedes” a las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecer. Por los resquicios de la puerta veíamos un inusitado resplandor. Cuando mi abuelo salía de la habitación y se perdía en el patio cercado, podando con un machete las ramas de los hermosos guayabos, se desnudó el misterio. Encontramos una vela consumida hasta la mitad y un rastro de cera en el piso. Don Juan había sellado con papel de periódico las rendijas en las persianas “Miami” por donde entraba la luz del exterior y se alumbraba con una vela, creando en el cuarto de huéspedes una cápsula del tiempo, la ilusión de una casita en el bosque hecha de tablones rústicos, humo de fogón y gallinas durmientes. Pasó menos tiempo del anunciado. El comportamiento de aquel extraterrestre le restó esplendor a la casa moderna de mi madre.

Eran de otra edad de la especie aquellos humanos. Más finos de oído, afinados en el zigzagueo de las víboras y las mangostas por la hojarasca. Su mundo era más estrecho y profundo. No quiero salir de ese mundo quiero vivirlo como ella en esta parte de la novela de la madre del poeta. Las mujeres y los niños vivían como viven las hembras de los primates y sus críos, espulgándose como acto de caridad y de placer, como se quitan las cáscaras de las semillas germinadas en casa, amamantando y recogiendo los frutos maduros del cafetal, dando nombres propios a los animales silvestres, disfrutando el golpe del agua en la garganta rocosa del lecho de las corrientes. Es la presencia del bosque, y de las rocas bautizadas y de las lianas enmarañadas lo que aquí cuenta.
 
(De "Raquel en Rutherford", © 2014, Marta Aponte Alsina; foto del Bosque Las Planadas, Cayey,
© Frank Vélez Quiñones)



 

 

 

sábado, 19 de julio de 2014

Yauco


 
 
 
Yauco, además de ser el gemelo umbilical desconocido de un lugar igualmente desconocido, situado en sus antípodas, en el océano Pacífico, se caracteriza por su identidad de asentamiento fundado en la latitud 18, longitud 66 del planeta Tierra. Sus calles son anchas y rectas como las de Coamo, para no hablar de otro lujo típico de los pueblos parlanchines: dos plazas, tan desiertas cuando Laurita las vio como los edificios que soportaban en sus fachadas hasta cinco colores, con predominio del berrinche azul profundo y el dulce amarillo. Qué locura berrenda, se parece a la Basílica de San Basilio en Moscú, pensó Laurita, viendo confirmado en aquel demente cromatismo su buen rumbo de viajera patriótica.

Don Sebastián se ofreció a llevarla hasta su destino, pero Laurita le dijo que no se molestara, quería caminar. El chofer la esperaría en una de las plazas, cerca de unas mesitas sombreadas por laureles enormes, donde unos viejos más viejos que él jugaban dómino y la brisa era constante y seca, recién llegada por los caminos del mar hasta el pueblo perfumado por la esencia del café, como decía la plena que Laurita había escuchado en una de sus excursiones a las casas disqueras santurcinas cercanas a Miramar, donde se veneraban los sones de la prehistoria de Puerto Rico.

Subió por una de las calles empinadas, bordeada de viviendas minúsculas de techos a cuatro aguas y balcones sostenidos por columnitas clásicas, dejándose orientar por la aguja de una chimenea que se erguía detrás de los escombros de lo que fue un almacén de café que databa de la época del oro negro, cuando en el Vaticano se preferían los aromas de Puerto Rico y los corsos manejaban la ruta del grano desde los montes de Yauco hasta la mesa del Papa. Las ruinas del almacén ocupaban una cuadra completa, flanqueada por callecitas laterales. En una de ellas la mensajera encontró la casa de puertas pintadas, o más bien despintadas, de un rojo-sangre coagulada.

Corroboró la dirección del sobre: Gloria, actriz del cine mudo, calle X número Y.

Detrás de aquella fachada de estudio cinematográfico no podía vivir nadie, ni de chiste. Esta nueva marca de una prolongada degustación de casas en ruinas colmaba la copa. Ninguna superaría la morada de Sara, pintora mediocre residente en Coamo, tan acogedora aunque le faltara medio techo. Quiso salir corriendo, algo le decía que le aguardaba una experiencia estremecedora en el mal sentido de la palabra, mucho menos grata que el beso de Esteban. Pero la curiosidad pudo más que su sensatez de vieja prematura. Seguramente Gloria, actriz residente en Yauco, le aportaría la clave final que explicara el sentido de las cartas.

Reviviendo el ingenuo desbordamiento de los 19 años, cuando la contagió la fiebre de una vida sana y participó en varias excursiones de rappelling a los farallones de la cordillera, trepó arañando el balcón elevado y saltó por encima del barandal. Tocó la puerta del medio. Algo se deslizaba en zigzag allá adentro, una cosa tan lenta y jadeante, que Laurita estaba a punto de infartar cuando se abrió la puerta y apareció la tercera vieja.

Usaba un turbante con motivos de piel de leopardo, gafas oscuras y una bata negra de mangas largas y anchas que rozaba el suelo y dejaba al descubierto un conjunto de pantalón y blusa de una sola pieza, con el exclusivo accesorio de un cinturón de resplandores metálicos. Las zapatillas bordadas puntiagudas se sostenían sobre unos tacos altísimos.

Recostó un brazo sobre el marco de la puerta. Laurita, que se moría del estrés, tuvo que aguantar la risa cuando vio que la doña colocaba una mano en la cintura y sujetaba entre los dedos retorcidos como las garras de una gallina señorial, largas y sucias de tanto escarbar en el jardín, una boquilla de marfil labrada con cabezas de dragones. La vieja la miró, las córneas perdidas en el inmenso blanco de unos ojos brotados, enarcando tanto una ceja que parecía la rúbrica de una firma.

– ¿Doña Gloria?

– La misma– disparó la otra indignada, con acento de gitana de Metro Goldwin Mayer. – Qué ordinaria eres, cómo te atreves a reírte de mí antes de presentarte. En fin, qué otra cosa se puede esperar, tu mundo es sumamente ordinario. Entra, pero antes dime qué quieres ser cuando seas grande.

A Laurita la pregunta le pareció natural.

– Quiero viajar – dijo.

– Además de ordinaria eres bastante estúpida. Te pregunté qué querías ser, no qué querías hacer. Dime tu tipo de sangre.

– Soy donante universal – dijo Laurita, agraviada.

Gloria la invitó a pasar haciendo un gesto burlón con los dedos torcidos. El dramatismo del lunar junto a la boca competía con el siniestro maquillaje de ojos en una comedia macabra que de manera ilógica provocaba simpatía. Laurita se dijo que después de todo la que había llegado en son de burla era ella, y que se tenía merecida la reacción agresiva de la vieja. Hizo las paces de corazón. Nada, ni siquiera el estúpido terror, le arruinaría aquel día perfecto, de nubes gordas e incitante sopa de mar que invitaba a un baño soñoliento. De las adversidades la protegería la gentileza de don Sebastián, quien la esperaba en la plaza para llevarla de regreso a Miramar a cambio de una pequeña fortuna.

Tan pronto hizo las paces con la malacrianza de Gloria se sintió protagonista de uno de esos juegos electrónicos donde ,una vez se superan ciertos niveles de dificultad, pasamos a otro plano más complicado y horrendo.

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(De Vampiresas, 2004)

domingo, 13 de julio de 2014

Carlos escribe



Para Félix Jiménez

Se inmoviliza boca arriba, arropado hasta el esternón, con las manos cruzadas sobre el pecho. No quiere despertar a su mujer. Floss tiene el sueño fácil, pero liviano. El cuerpo de Floss se comunica con el suyo por las vísceras. Vísceras tosedoras. Coughing entrails. In Rutherford summer is a sunny summons to Ruth and Ford. Así, de cara a la sombra de las ramas en el techo, trata de no pensar que dentro de unas horas caerá en un remolino de actividades, entre ellas, la expulsión de su madre.

El doctor escribe a toda hora. Cuando no tiene papel memoriza apuntes que luego anota. Su mente es un intestino irritado. Trae un niño a la luz y escribe. Corta un tumor y escribe. Extirpa amígdalas y escribe. Receta para el sarampión y escribe. Rasguña sobre el rojo y el número cinco y las violetas. Memoriza hasta veinte frases escuchadas en las aceras o en las farmacias o en la sala de partos y uniéndolas sin maquillarlas, sin molestarse en que rechinen por su desconexión, escribe un párrafo de novela.

De noche, en el ático, escribe. Cierra los ojos y escribe entre el bochorno y la furia. Se hunde en el desasosiego y escribe. Odia las mulas de carga que son sus pacientes miserables, hasta que de golpe, en el hombre más vil, descubre el deseo, la única virtud posible en la pobreza.  Y escribe.

Raras veces lo hace en el cuaderno rojo que le regaló una de sus pacientes respetables. Alguna vez lo usó y de los dedos le salía mierda. Cuando trabaja en casa prefiere la Underwood del ático o la LR Smith colocada en una tabla que puede subirse y ajustarse, adosada al escritorio de su oficina residencial. Floss se mueve y suspira, abrazada a la almohada. Quizás le convenga una friega con el bálsamo nervino que a veces prepara el boticario según la receta que Carlos trajo de Austria, donde estudió una temporada en un hogar para enfermos mentales. Entre tratamientos despiadados, alguna vez se atrevían a acariciar la carne de los pacientes.
 
“Poema para locos”

Ungüento de tuétano 175 gramos

Aceite de almendras   60 gramos

Aceite alcanforado  225 gramos

Esencia de romero   4 gotas

Esencia de clavos   15 gotas

Tintura de tolú 5 gramos

Alcohol  30 gramos

(clavos de especie, tolú del Perú, almendras en los álamos del peregrino)


Estar en poesía es cortar sin necesidad de navajas. Lo susurra y la frase se mece en la sombra de las ramas danzantes como quien sobrevive a una guerra y piensa que solo le quedan unos segundos,  el alma atada por un hilito al cuerpo inerte. Cuando muere un niño todo cae. Del médico depende que no mueran los niños. De él depende que su madre no sufra, que la memoria de su padre muerto no se disuelva en la indiferencia. De él depende que los Estados Unidos de América se reconozcan en el espejo de las voces que él escucha.

La Underwood del ático tiene horarios fijos. Años atrás los niños de la casa, sus hijos, los nietos de Raquel, se quedaban dormidos arrullados por golpes de teclas. No siempre, pero casi siempre, la música de las teclas suena acompasada y lenta. Los golpes de los dedos del padre expresan la alegría del padre y nada le sucede a un niño si su padre es ante todo, un hombre feliz de conciencia limpia. Pero a veces los dedos atacan la Underwood con golpes feroces, como los campesinos a sus bestias de carga. Con la rabia de una bestia de carga que destroza a otra bestia de carga. Y los niños sueñan que se cae el puente. Cuando el padre no es bueno, los niños se desvelan, se orinan en las camas, tiemblan.

William Carlos escribe porque piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje del continente, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos O a una puta que acoge leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes. Es un hombre abierto, sus nervios se resienten. El poema es un consuelo, el inhalador del asmático. Es un hombre abierto, pero ha sabido modular y afinar y controlar el tránsito de las voces y el toqueteo de los espíritus.

(De Raquel en Rutherford, novela inédita) © Marta Aponte Alsina

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