sábado, 19 de julio de 2014

Yauco


 
 
 
Yauco, además de ser el gemelo umbilical desconocido de un lugar igualmente desconocido, situado en sus antípodas, en el océano Pacífico, se caracteriza por su identidad de asentamiento fundado en la latitud 18, longitud 66 del planeta Tierra. Sus calles son anchas y rectas como las de Coamo, para no hablar de otro lujo típico de los pueblos parlanchines: dos plazas, tan desiertas cuando Laurita las vio como los edificios que soportaban en sus fachadas hasta cinco colores, con predominio del berrinche azul profundo y el dulce amarillo. Qué locura berrenda, se parece a la Basílica de San Basilio en Moscú, pensó Laurita, viendo confirmado en aquel demente cromatismo su buen rumbo de viajera patriótica.

Don Sebastián se ofreció a llevarla hasta su destino, pero Laurita le dijo que no se molestara, quería caminar. El chofer la esperaría en una de las plazas, cerca de unas mesitas sombreadas por laureles enormes, donde unos viejos más viejos que él jugaban dómino y la brisa era constante y seca, recién llegada por los caminos del mar hasta el pueblo perfumado por la esencia del café, como decía la plena que Laurita había escuchado en una de sus excursiones a las casas disqueras santurcinas cercanas a Miramar, donde se veneraban los sones de la prehistoria de Puerto Rico.

Subió por una de las calles empinadas, bordeada de viviendas minúsculas de techos a cuatro aguas y balcones sostenidos por columnitas clásicas, dejándose orientar por la aguja de una chimenea que se erguía detrás de los escombros de lo que fue un almacén de café que databa de la época del oro negro, cuando en el Vaticano se preferían los aromas de Puerto Rico y los corsos manejaban la ruta del grano desde los montes de Yauco hasta la mesa del Papa. Las ruinas del almacén ocupaban una cuadra completa, flanqueada por callecitas laterales. En una de ellas la mensajera encontró la casa de puertas pintadas, o más bien despintadas, de un rojo-sangre coagulada.

Corroboró la dirección del sobre: Gloria, actriz del cine mudo, calle X número Y.

Detrás de aquella fachada de estudio cinematográfico no podía vivir nadie, ni de chiste. Esta nueva marca de una prolongada degustación de casas en ruinas colmaba la copa. Ninguna superaría la morada de Sara, pintora mediocre residente en Coamo, tan acogedora aunque le faltara medio techo. Quiso salir corriendo, algo le decía que le aguardaba una experiencia estremecedora en el mal sentido de la palabra, mucho menos grata que el beso de Esteban. Pero la curiosidad pudo más que su sensatez de vieja prematura. Seguramente Gloria, actriz residente en Yauco, le aportaría la clave final que explicara el sentido de las cartas.

Reviviendo el ingenuo desbordamiento de los 19 años, cuando la contagió la fiebre de una vida sana y participó en varias excursiones de rappelling a los farallones de la cordillera, trepó arañando el balcón elevado y saltó por encima del barandal. Tocó la puerta del medio. Algo se deslizaba en zigzag allá adentro, una cosa tan lenta y jadeante, que Laurita estaba a punto de infartar cuando se abrió la puerta y apareció la tercera vieja.

Usaba un turbante con motivos de piel de leopardo, gafas oscuras y una bata negra de mangas largas y anchas que rozaba el suelo y dejaba al descubierto un conjunto de pantalón y blusa de una sola pieza, con el exclusivo accesorio de un cinturón de resplandores metálicos. Las zapatillas bordadas puntiagudas se sostenían sobre unos tacos altísimos.

Recostó un brazo sobre el marco de la puerta. Laurita, que se moría del estrés, tuvo que aguantar la risa cuando vio que la doña colocaba una mano en la cintura y sujetaba entre los dedos retorcidos como las garras de una gallina señorial, largas y sucias de tanto escarbar en el jardín, una boquilla de marfil labrada con cabezas de dragones. La vieja la miró, las córneas perdidas en el inmenso blanco de unos ojos brotados, enarcando tanto una ceja que parecía la rúbrica de una firma.

– ¿Doña Gloria?

– La misma– disparó la otra indignada, con acento de gitana de Metro Goldwin Mayer. – Qué ordinaria eres, cómo te atreves a reírte de mí antes de presentarte. En fin, qué otra cosa se puede esperar, tu mundo es sumamente ordinario. Entra, pero antes dime qué quieres ser cuando seas grande.

A Laurita la pregunta le pareció natural.

– Quiero viajar – dijo.

– Además de ordinaria eres bastante estúpida. Te pregunté qué querías ser, no qué querías hacer. Dime tu tipo de sangre.

– Soy donante universal – dijo Laurita, agraviada.

Gloria la invitó a pasar haciendo un gesto burlón con los dedos torcidos. El dramatismo del lunar junto a la boca competía con el siniestro maquillaje de ojos en una comedia macabra que de manera ilógica provocaba simpatía. Laurita se dijo que después de todo la que había llegado en son de burla era ella, y que se tenía merecida la reacción agresiva de la vieja. Hizo las paces de corazón. Nada, ni siquiera el estúpido terror, le arruinaría aquel día perfecto, de nubes gordas e incitante sopa de mar que invitaba a un baño soñoliento. De las adversidades la protegería la gentileza de don Sebastián, quien la esperaba en la plaza para llevarla de regreso a Miramar a cambio de una pequeña fortuna.

Tan pronto hizo las paces con la malacrianza de Gloria se sintió protagonista de uno de esos juegos electrónicos donde ,una vez se superan ciertos niveles de dificultad, pasamos a otro plano más complicado y horrendo.

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(De Vampiresas, 2004)

domingo, 13 de julio de 2014

Carlos escribe



Para Félix Jiménez

Se inmoviliza boca arriba, arropado hasta el esternón, con las manos cruzadas sobre el pecho. No quiere despertar a su mujer. Floss tiene el sueño fácil, pero liviano. El cuerpo de Floss se comunica con el suyo por las vísceras. Vísceras tosedoras. Coughing entrails. In Rutherford summer is a sunny summons to Ruth and Ford. Así, de cara a la sombra de las ramas en el techo, trata de no pensar que dentro de unas horas caerá en un remolino de actividades, entre ellas, la expulsión de su madre.

El doctor escribe a toda hora. Cuando no tiene papel memoriza apuntes que luego anota. Su mente es un intestino irritado. Trae un niño a la luz y escribe. Corta un tumor y escribe. Extirpa amígdalas y escribe. Receta para el sarampión y escribe. Rasguña sobre el rojo y el número cinco y las violetas. Memoriza hasta veinte frases escuchadas en las aceras o en las farmacias o en la sala de partos y uniéndolas sin maquillarlas, sin molestarse en que rechinen por su desconexión, escribe un párrafo de novela.

De noche, en el ático, escribe. Cierra los ojos y escribe entre el bochorno y la furia. Se hunde en el desasosiego y escribe. Odia las mulas de carga que son sus pacientes miserables, hasta que de golpe, en el hombre más vil, descubre el deseo, la única virtud posible en la pobreza.  Y escribe.

Raras veces lo hace en el cuaderno rojo que le regaló una de sus pacientes respetables. Alguna vez lo usó y de los dedos le salía mierda. Cuando trabaja en casa prefiere la Underwood del ático o la LR Smith colocada en una tabla que puede subirse y ajustarse, adosada al escritorio de su oficina residencial. Floss se mueve y suspira, abrazada a la almohada. Quizás le convenga una friega con el bálsamo nervino que a veces prepara el boticario según la receta que Carlos trajo de Austria, donde estudió una temporada en un hogar para enfermos mentales. Entre tratamientos despiadados, alguna vez se atrevían a acariciar la carne de los pacientes.
 
“Poema para locos”

Ungüento de tuétano 175 gramos

Aceite de almendras   60 gramos

Aceite alcanforado  225 gramos

Esencia de romero   4 gotas

Esencia de clavos   15 gotas

Tintura de tolú 5 gramos

Alcohol  30 gramos

(clavos de especie, tolú del Perú, almendras en los álamos del peregrino)


Estar en poesía es cortar sin necesidad de navajas. Lo susurra y la frase se mece en la sombra de las ramas danzantes como quien sobrevive a una guerra y piensa que solo le quedan unos segundos,  el alma atada por un hilito al cuerpo inerte. Cuando muere un niño todo cae. Del médico depende que no mueran los niños. De él depende que su madre no sufra, que la memoria de su padre muerto no se disuelva en la indiferencia. De él depende que los Estados Unidos de América se reconozcan en el espejo de las voces que él escucha.

La Underwood del ático tiene horarios fijos. Años atrás los niños de la casa, sus hijos, los nietos de Raquel, se quedaban dormidos arrullados por golpes de teclas. No siempre, pero casi siempre, la música de las teclas suena acompasada y lenta. Los golpes de los dedos del padre expresan la alegría del padre y nada le sucede a un niño si su padre es ante todo, un hombre feliz de conciencia limpia. Pero a veces los dedos atacan la Underwood con golpes feroces, como los campesinos a sus bestias de carga. Con la rabia de una bestia de carga que destroza a otra bestia de carga. Y los niños sueñan que se cae el puente. Cuando el padre no es bueno, los niños se desvelan, se orinan en las camas, tiemblan.

William Carlos escribe porque piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje del continente, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos O a una puta que acoge leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes. Es un hombre abierto, sus nervios se resienten. El poema es un consuelo, el inhalador del asmático. Es un hombre abierto, pero ha sabido modular y afinar y controlar el tránsito de las voces y el toqueteo de los espíritus.

(De Raquel en Rutherford, novela inédita) © Marta Aponte Alsina

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viernes, 13 de junio de 2014

Trapitos


 
La experiencia de una vieja (de un viejo) que cuida a una vieja. El afecto tiene más de un nombre: miedo, desprecio, odio, compasión, reverencia. Rupturas irreparables. La historia de Raquel no debió contarse porque “its too mixed”, decía ella misma, que no se cansaba de contarla mientras el hijo le anotaba los suspiros. Las flores que le regalaba a Raquel. Yo a mami orquídeas y ella a mí sus rencores.

Es común que un autor macho desplace su impotencia hacia cuanto le rodea, sin ensuciarse las manos ni reconocer el reflejo de sus ojos en la miseria, ni la vacuidad de sus lamentos. No es el caso de William Carlos Williams. A WCW se le ha culpado de infantilismo por el apego a sus padres, a la familia, a su ciudad natal.

En una fioritura intercalada en Estrella distante, Roberto Bolaño pausó para una sonrisa en la evocación de William Carlos. El personaje Juan Stein expresa la intención de sustituir en un marco “de cierta ampulosidad” el retrato de un tal Cherniakovski, primo político de Stein, judío y general del ejército soviético, por una foto de Carlos “con sus aperos de médico de pueblo… caminando por una larga acera tranquila bordeada de rejas de madera pintadas de blanco, verde o rojo”. William Carlos, ni triste ni feliz, pero contento; sabe que el paciente de turno no morirá. Insecto atrapado en la acidez del narrador enfermo que retrasa su propia muerte coqueteando con la vanidad de la muerte; contando las más atroces excursiones de la muerte. El médico de pueblo, en una larga acera tranquila, espejo de templanza, a la manera de un filósofo puntual, acapara la mediocridad dorada que se le negó a un conjunto de naciones paridas al precio de muertes incontables. En la foto imaginaria el médico es un bobo feliz; la expresión mediocre del médico de pueblo en una Nueva Inglaterra de tarjeta postal es objeto de la cariñosa envidia del poeta enfermo.

Mi pobre madre me castigaba despreciándose. Va el adjetivo sin pena, en el sentido más hermoso de la palabra pobre. Los venenos del odio son cuernos de abundancia. Cuando todavía sabía quién era yo, le dije, un día, mientras la llevaba de regreso a su casa, basta ya. Que no me hiriera más, que no me envenenara la vida con sus lamentos. Pero Martita, si yo soy una bruta. Algún día quisiera entender lo que escribes.

No, madre. La bruta sería yo si en vez de recibirme en tus brazos, donde me acurrucó la enfermera después de echarme gotas de nitrato de plata en los ojos, en aquella clínica de ventanas abiertas a las calles polvorientas de un pueblo en que diste a luz sin que nadie te acompañara, en la clínica adonde llegaste caminando cuando sentiste los primeros dolores, sin tu marido, sin tus suegros quién sabe dónde estaban, sin el recuerdo de tu madre muerta, si en vez de recibirme me hubieras dejado caer.

Las atroces guerras modernas se revistieron de un sistema de derecho. Las víctimas –la flor y nata de las víctimas–, acuden a los tribunales en busca de reivindicaciones. Para las mujeres despojadas porque sí, porque así es la vida, no ha habido nunca cortes defensoras. La niña que fue mi madre acumuló retazos de dignidad con los que les sacaba brillo a sus casitas de urbanización como si hubieran sido joyas, pero para las vidas mutiladas no ha habido nunca tribunales. Mi madre intentó escribir sus memorias. Lo hacía bien, con su letra cuidadosa y limpia. Llenó libretas de recuerdos amparados en la distancia de las ficciones. Las destruyó, pero yo no destruiré su recuerdo, ni los trapitos que me legó de la vida de su madre, su entrada al mundo.

Escribir a la madre es traición. Vivir con ella, y escribirla, como lo hizo William Carlos hasta que él mismo se hizo viejo, es una traición prodigiosa.
(Pasaje mi novela Raquel en Rutherford)

viernes, 16 de mayo de 2014

En la sombrerería




Raquel no se imagina que dará a luz a un poeta en 1883. Alice le ha leído las cartas y el demente Ludovico le ha contado sus sueños eróticos. Sabe que está llamada a grandes cosas, pero presiente que las grandes cosas serán obra suya, no de un hijo. Ha visto que algunas mujeres pintan y lo hacen con el reconocimiento que los pintores les otorgan. Ha visto algunos cuadros de Berthe Morisot y Mary Cassat, no desconoce que son mujeres adineradas, pero no le preocupa demasiado, porque ella está en París, el centro del mundo, y su maestro la elogia diciéndole que su venenosa mezcla de verde parís es insuperable. Hoy, además, piensa en la Exposición Universal que acaba de inaugurarse en Trocadero.  Y sueña con sombreros.
Casi sin transición, como para intentar lavar las calles de la sangre de 30,000 muertos, París se transgenera en la ciudad más femenina del mundo. De capital de revoluciones y matanzas, pasa a ocupar el sitial de reina de la moda. Donde se quemaron panaderías y talleres se levantan tienditas donde trabajan muchachas rozagantes, campesinas de piel de leche, que se frotan las manos encallecidas y ulceradas por las labores previas con ungüento  Genevieve:

Aceite de oliva   240 gramos

Trementina  80 gramos

Cera amarilla 40 gramos

Alcanfor 15 gramos

Sándalo rojo  10 gramos

El sombrero es el nuevo emblema alegórico de la ciudad que modernizó las decapitaciones como escenarios de justicia. Cada sombrero guarda su diferencia de auténtica obra de arte. Los elementos son pocos, las combinaciones numerosas. El molde donde se coloca el fieltro o el casco de paja tiene forma de cabeza cortada. Los sombreros terminados se exhiben en torrecitas de madera, como se mostraba la cabeza cercenada de un noble en la punta de una pica. La guillotina, fabricante de sombreros ausentes, se anunciaba como un artefacto aséptico de la revolución industrial. Casi un siglo después de las decapitaciones, la Plaza de La Bastilla se llama Plaza de la Concordia. Las cabezas cortadas adornan vitrinas.

La sombrerera es una mujer, aunque el propietario de la sombrerería pueda ser un caballero perfumado con esencia de lavanda. Antes de confeccionar un sombrero, la artesana tiene alguna idea de lo que le irá bien a la clienta y acceso a materiales: la base redonda, que se coloca sobre el molde ajustado a las dimensiones de la cabeza exigente, puede ser de terciopelo de seda; ristras de festones enrollados de donde cortar cintas anchas, maleables, azules, doradas, anaranjadas; cajones de madera, generosos como la alacena de un botarate, repletos de cortes de tul liviano con que forrar la paja olorosa o formar flores de pétalos pesados; plumillas de ganso o faisán, plumas teñidas.

Alice Monsanto decide que el oficio de sombrerera le conviene a Raquel. En el tiempo que lleva viviendo con sus primos ni siquiera se he echado un novio que la saque a pasear en domingo. Tiene aires de grandeza, quiere ser artista. Gana medallitas en la Académie, pero no se decide a empeñarlas. Alice apenas alcanza a evitar que Ludovico preñe a la primita y a la sirvienta. Porque tienen doncella los Monsanto de Bretaña y Saint Thomas. Alice la trata a patadas. Las doncellas solo sirven bien si se las trata a patadas, eso lo aprendió Alice sin ser gran señora.

 

Alice conoce a una sombrerera y un día va con Raquel al lugar donde trabaja. La sombrerera es una pintura de Tissot: cara larga, llena, rizos rubios recogidos en un moño, ojos del color de la albahaca en proceso de deshidratación, con un reflejo de tristeza, diadema del tono albaricoque natural de sus labios, sonrisa discreta y cálida cuando despide a una clienta con afabilidad sin olvidar el lugar que le corresponde por destino de nacimiento. Hasta hace poco era una mujercita del campo, que llegó sin idea de dónde estaba el Sena. De cómo Alice la conoció revela bien el temperamento señorial de las francesas criollas. Fue en el mercado, donde la futura sombrerera picaba cabezas y raspaba agallas de pescado. Alice notó que en vez de un pañuelo, como los demás, lucía una gorra de fieltro bordada. La hice yo, dijo la muchacha. Usted tiene talento, comentó Alice, que algo sabía de artistas. La próxima vez la vio a través de una vidriera, muy bien puesta, con el pelo limpio, como si la hubieran estregado bien y puesto a secar. La mujer no solo la reconoce, sino que le da las gracias por confiar en ella y les pide que pasen a la trastienda.

Determinar la anchura del ala, pensar que la cara más insignificante, así pequeña como la tuya, Raquel, puede hacerse enigmática al sesgo del ala ancha del sombrero. En tu caso, discreción ante todo, asegura Alice. Templanza al escoger los adornos. Muy pocos, llenarte de adornos sería como apilar torres sobre un dedal, eres pequeña. Pudor, silencio, dignidad, los adornos de la pobreza respetable. El arte del sombrero puede ser más peligroso que el arte de manejar abanicos. Los abanicos no se hicieron para ti. Tus manos no son hermosas, que pena de manos. Palmitas anchas, deditos cortos. (El hijo poeta estará de acuerdo: her ungainly hands.) Una cara pequeña, sin duda una gran inteligencia. Tienes las uñas manchadas. Soy estudiante de pintura y asistente de pintor, dice Raquel. Lo que tienes que hacer es pintar un paisaje con playa y palmeras, dice Alice, para que traigas pan a la mesa. Aquí somos artistas, todo lo hacemos a mano, dijo la sombrerera. Esas máquinas de hacer sombreros, industriales, ya las  verás, ¿ya fuiste a la exposición?, parecen prensas de carpintero.

Raquel se interesa en lo que dice esta muchacha de manos resecas que habla con más sensatez que la primita. Sabe cómo tolerar la crueldad de Alice, sin malicia, porque sobrevivir no es malicia sino mandato de la naturaleza.  En París se viene a estudiar y a hacer grandes obras. Su maestro pensará que el verde parís es el destino venenoso de la isleña. Ella sabe que la ceguera es el destino del maestro. El maestro no ha salido jamás de una ciudad capaz de matar a sus hijos con frivolidad. El maestro todavía puede enseñarle algo, pero no mucho. En cambio esta muchacha algo tiene en común con ella, no obstante el hecho de que los padres de Raquel fueron propietarios de esclavos y la muchacha es descendiente de siervos. Es cierto que el mundo tiene medidas. Minúsculas o lejanas, da igual. Quien toma la medida de una cabeza tiene la misma obsesión del que toma la medida del mundo, o la medida de una línea llamada verso. Ajustar, encajar, ponderar, es decir achicar, sobrevolar, reducir al tamaño de una mano lo que no es posible entender.

Esto no acabaría de comprenderlo Raquel hasta los intentos de escapar de su prisión de vieja en Rutherford. Sí le inspiró simpatía la situación de la muchacha que le tomó la medida de la cabeza. El descubrimiento fue mutuo. La muchacha no sabía leer, pero su amante sí. Su amante era una mujer que se ganaba la vida alargando las esperanzas de las tenderas. Leía manos, palpaba cabezas. En la cama con la muchacha se reía de las palabras que hacían llorar a las esposas de los carniceros. La sombrerera se sintió inspirada. Les dijo que con lo que sabía de cabezas podría ser frenóloga. Palpando las depresiones y protuberancias de Raquel adivinó un talento para las palabras. Si te las tragas mueres, dijo. Te equivocas, dijo Alice, celosa. Esta muchachita sabe algo de dibujo y de música. Cuando pinte un paisaje con palmeras nos sacará de pobres. Pero si apenas habla. Solo toca el piano. Vamos a perder el piano si no se despabila. Y si vieras las muecas que hace. Es nativa de una isla, Puerto Rico, donde abundan los monitos.

Monos no, dice Raquel. Frutas sí, y más sabrosas que las ciruelas. De veras, dice la chica. A ver, muéstrame. Raquel dibujó frutas que la sombrerera no conocía y no tan solo porque su familiaridad se inclinaba al oficio previo de vendedora de peces y frutos de mar, sino porque las frutas que dibujaba aquella mujercita graciosa eran de un lugar tan preciso que no viajaban bien. El sabor del mamey se parece al del albaricoque, pero el de la quenepa no se parece nada más que al paraíso.  La quenepa tenía el tamaño justo para adornar sombreros parisinos. La muchacha guardó los dibujos e incluso diseñó para la duquesa de Abrantes un sombrero campestre con quenepas. A Raquel le prometió un sombrero y una carrera si se hacía su aprendiz. Pero tu verdadero talento no está en las cabezas de los demás, sino en la cabeza propia, persevera en la pintura y quizás algún día podrás ilustrar las novelas de Zola. ¿Pero te gusta Zola, ese depravado? No le hagas caso, Raquel.

No le faltaba a Alice una pizca de razón. La persona más equivocada siempre tiene una pizca de razón. Entre limpiar las brochas de Carolus-Duran y exponerse a la muerte por envenenamiento con verde parís o estudiar un oficio que llevaba el signo ascendente de los tiempos, ni siquiera había que pensarlo. Las burguesas no salían a la calle sin sombrero, era el velo árabe de la opulencia, la manifestación enarbolada del poder de sus maridos. Las muchachas trabajadoras y las estudiantes como Raquel hubieran hecho bien en servirse de la fiebre sombrerera. A ella misma le asombró su respuesta. Sueño con ser una gran artista, dijo, con tan inusitada seguridad, que Alice se tragó las palabras. Con el tiempo y en contacto con la economía capitalista más adelantada de la historia, como decía William George con leve ironía, Raquel descubrió que una mujer puede ser más pequeña que su sombrero. Para ir a la iglesia o de tiendas no se puede prescindir del sombrero. Su favorito –alargaba el contraste de su gracia entre bastas anglosajonas– era una cascada de encajes negros.      
 
(De mi novela Raquel en Rutherford, en proceso.)

domingo, 9 de marzo de 2014

Eudemonía (pasaje)



 
Para Eugenio Santiago

Se detuvo en Guayama, aldea sobre lomita rodeada de plantaciones e ingenios cañeros con trapiches movidos por molinos de viento. Se hospedó frente a la plaza en una pensión de tablones de madera de pino, salvo las vigas macheteadas de un árbol local- Manikara bidentata- que ennegrecían con el tiempo, los humores de la cocina y el humo de los cigarros de los huéspedes. Pintada de blanco, la casa era de construcción reciente. Si no hubiera estado en un segundo piso podría pasar por una cottage de Nueva Inglaterra, como las que se ilustraban en algún periódico bávaro, en la sección de viajes cuidada por un tal Willendorf que escribía para banqueros porque ni los nobles se hubieran rebajado a visitar América ni los campesinos sabían levantar la vista más allá del cielo de Baviera. Esta pensión de Guayama quedaba en los altos de una pulpería donde mercadeaban arenques en salmuera y su aire olía a cosas en proceso de cocción o putrefacción. Tenía dos escaleras de acceso. La trasera daba directamente a la cocina y de ahí al comedor de los huéspedes, con su chinero y una mesa para diez comensales, justo el número de habitaciones. La escalera principal, del lado de la fachada, llevaba a una sala de estar pequeña amueblada con mecedora y sofá de pajilla, rematados en torrecitas como peones de ajedrez que adornaban los respaldos y una mesa de tapete sucio y jarrón ordinario de mayólica sevillana que aprisionaba margaritas del monte olvidadas hasta que empezaban a deshojarse y el agua olía a una mezcla de cerámica desportillada con lágrimas de tallos marchitos. Tres puertas de celosías abiertas al balcón que daba a la plaza y en las paredes un retrato al óleo del teniente Pavía, el difunto marido de la dueña de la pensión y dos pequeños paisajes que llamaron la atención de Adalbert por cierta viveza en la composición y la calidad con que se imitaban las largas hojas de las palmas y dos detalles: en uno de los troncos, menudísima, una bromelia, en el otro una salamandra. La luz que entraba por las puertas del balcón al mediodía dejaba en el piso de pino tres franjas luminosas, casi opulentas, que aliviaban el aspecto triste de la sala y a veces bañaban el corredor de tablas crujientes disimuladas por un linóleo desconcertante, a ambos lados del cual se ordenaban las diez habitaciones numeradas, con el seto interrumpido en lo alto, de modo que cuando el sueño profundo vencía a los huéspedes se mezclaban ronquidos con olor a humanidad.

Adalbert dormía con el abandono de la juventud. Alquiló la séptima habitación y el ático. Convenció a la viuda de Pavía para que lo limpiara de murcielaguina y le dejara almacenar en lo alto los ejemplares que iba coleccionando. Allí instaló sus prensas y fue apilando periódicos recientes. Sus pasos débiles no se sentían más que las pisadas de las ratas. La limpieza ordenada por la viuda se había limitado a arrinconar cachivaches y echarle un poco de agua al piso. Todo estaba pintado de polvo, incluso el techo de cinc. Adalbert volvió a barrer con el método que había aprendido de las barrenderas de palacio: de izquierda a derecha y hacia el frente. Las barrenderas del rey Ludwig limpiaban en fila, con la precisión de orugas que van devorando una hoja y engordando el cuerpo con sus viejas pieles. Ese sistema  es una metáfora de toda limpieza. Coleccionar especies empieza por el apetito de la oruga y concluye rindiendo un homenaje memorioso, mediante anotaciones, a los lugares que se despojan.

Exploraría los alrededores de Guayama conforme a un sistema que, además de copiar el vaivén de las escobas, de este a oeste, imitara la forma de un abanico. Desplegó un mapa de la isla, marcó el centro de Guayana y trazó un semicírculo colindante con los puntos externos del pueblo. Partiría del mar hacia adentro. Contrató los servicios de un pescador que hablaba un poco de alemán y otro poco de inglés y algo del papiamento de las islas, recomendado por el cura párroco, con quien Adalbert podía franquearse porque traía una carta del obispo de Munich dirigida a la santa madre iglesia en cualquier aldea de la isla llamada Puerto Rico, y en forma muy particular en cualquier pueblo del sur de la isla, donde solían verse (eso recordaba el obispo, que una vez estuvo en el sur, en viaje de Maracaibo a Santo Tomás) islas submarinas que confundían las identidades del agua y el aire.

Hizo buen tiempo en las horas niñas de enero. Días de sol con raras vaguadas fugaces que Adalbert veía caer sobre la plaza y evaporarse casi al instante en las pieles sarnosas de los perros. Cuando llovía más el horizonte se cerraba, pero casi todo el mes barrieron la costa interrumpida por brazos de mar y unas bahías pequeñas donde la diversidad de las especies ofrecía un lugar tentador y peligroso que invitaba a la desmemoria en el encanto de las mareas altas, los barquitos ociosos y, al atardecer, sombras verticales que ensombrecían un segundo los montes en miniatura. Con la charla de los pescadores y los guisos de la pensión Adalbert fue ganando anécdotas y peso. Lo más temible: las aguas que variaban de color entre la dureza del cristal azul marino y una transparencia que borraba horizontes.

Al cabo de unas semanas de amontonar ejemplares y disecar las pulposas plantas de la costa y las flores de los llanos la casa se fue llenando de un olor a yerbatería de bruja, buena para baños según la viuda de Pavía. Abrumado por el encanto luminoso, el alemán perdió el don de distinguir en la morfología de las plantas las monstruosidades que diferencian especies semejantes (cegado por la luz, pero no impotente de olfato y gusto). El segundo paso del método –después de secar los ejemplares que mediante el cura enviaría al puerto de Hamburgo por vía de la isla de Santo Tomás– era saborearlos (el cura no simpatizaba con el régimen de los capitanes generales, era joven y algo jacobino, pero había bautizado al hijo menor del aduanero y además lo bendecía el palio de la santa madre iglesia). El envío de las colecciones sin más destino o propósito que ampliar el jardín botánico de Linderhof era una coartada.

Para dar con la planta deseada Adalbert tenía papilas. 

Tras varias semanas de pruebas no había encontrado un sabor más estimulante que la luz de la isla. Las dosis eran mínimas y el organismo de Adalbert  filtraba sin percances toda suerte de hojas y raíces machacadas. Quizás por eso, siendo nadie, fue el escogido del rey. Una tarde bajó del ático seducido por el olor del café y una voz que se le iba haciendo preciosa, la voz de una niña. Tropezó saliendo de uno de los cuartuchos con un vejete alto, flaco, de barba abundante, que olía no ya a plantas sino a linaza. El viejo se inclinó ante Adalbert con el aire de un seductor impenitente, patético en alguien de su edad, desagradable casi. El piso rechinaba con las botas del viejo que insistía en almorzar junto al fogón porque le acompañaba un negro cortés y atildado que no era bien visto en el comedor.

–Francisco Oller y Cestero, para servirle. Soy pintor de cámara del rey de España, aunque el honor no me rinde muchos beneficios. Este caballero es mi discípulo y colega Casimiro Bernacer. Somos pintores de la legua.

–¿Pintores de la legua? No entiendo.

–Vamos, usted es alemán, así que debería conocer la fábula de los músicos de la legua o de la aldea, como sea que les llamen. Somos pintores de la legua porque en esta isla al artista que se quede en su estudio esperando encargos se lo come la miseria. El artista, como el ganado realengo, tiene que buscar prados verdes y en estos pueblos cañeros hay quien prefiera una pintura a una fotografía, no porque sean más baratas las fotografías, que sí lo son, sino por esa superstición del isleño bárbaro de que se les quede el alma presa dentro de la cámara. Acá los ricos son corsos o mallorquines, muy poco ilustrados, gente dura de mollera. Usted de dónde viene en Alemania. A Alemania no he viajado nunca. Muy frío, ja.

–De Baviera– dijo Adalbert, sin pensarlo mucho. –Colecciono plantas para el jardín botánico del rey Ludwig.  

Algo vibraba en el aire, de inmediato supo lo evidente, aquella pareja de palmas reales con sus respectivas rémoras tenía un origen.

–Los dos son míos, los marcos dorados los hizo Casimiro, usó unos polvitos que le consiguió el boticario Homard, ¿no lo conoce? No se ha perdido gran cosa. No, bromeo, es buena gente, hermano masón. ¿Usted no es masón? ¿Católico, un alemán católico?  A cambio de estos pequeños óleos la viuda de Pavía nos llena el plato hondo de ese cocido hecho con una carne vieja que ni remojándola tres días suelta la sal, más dura que el tesoro de la viuda. Bromeo, es buena gente... cuando duerme.

Adalbert se los apropió al instante. Francisco Oller y Casimiro Benacer, artistas del hambre, se transformaron en ilustradores botánicos.

 

sábado, 22 de febrero de 2014

Baúles




(Pasaje del segundo borrador de Raquel en Rutherford, la novela que estoy escribiendo.)

En el baúl de Emily Wellcome hay tanta validez y gallardía como en un museo de bellas artes. Cuanto puede cargarse de los restos del fotógrafo Wellcome en una caja sin adornos, todo menos sus cámaras, trípodes y placas vendidas cuando la viuda tuvo que abandonar St. Thomas y establecerse en Puerto Rico. Además de las blusas y las pantaletas amarillentas de la mujer, daguerrotipos de familiares y el diario de apuntes donde el marido consignaba sus itinerarios y alguna palabra suelta en forma de mariposa, cuyos pliegues sugerían lo escuchado en aldeas de costa y barranco sobre las plantas curativas de las Antillas. Sus dos hijos  –Irving, que es vanidoso y Godwin, que está loco– comparten otro baúl.

Y el baúl de Raquel, con sus pinturas, diplomas, medallas, el segundo par de botitas primorosas, el camisón que le compró a un comerciante que había sido suplidor de su madre, un tendero de Saint Thomas de paso por Puerto Plata, pensando en la noche de bodas, dobleces alterados quién sabe en qué formas grotescas, por los tumbos del oleaje en altamar. Iremos a Brooklyn en ferry, dice George, si hubieran tardado unas semanas más estrenarían una de las maravillas del mundo, pero por ahora no hay otra forma, entiéndelo, madre, sé que estás harta de viajar sobre aguas. El coche se acerca a los muelles y al fondo aparece una monstruosidad que Raquel asimila mejor que los demás, gracias a su familiaridad con los espacios brutales del París republicano.

Es el puente de Brooklyn, que exhibe sus labores como una boca medio intervenida por el dentista. Hombres colgados de cables, pero parecen arañas, dice Raquel, con sensación de vértigo, mirándose las botitas, evitando mirar las botas de leñador de George, inmenso como las estampas de John Bunyan. Raquel no deja que la penetre la cháchara de George, que habla como si estuviera borracho, sobre el prodigio de ingeniería, alternando con expresiones de entusiasmo por su nuevo trabajo, la fuente de riquezas que dará para que prosperen en América, esta vez sí, los Wellcome y los Williams. Ni que desgrane cuentas de cuándo podrán mudarse de esta ciudad a un sitio más parecido a casa, con espacio para criar diez niños. Y cómo podrían tener de inmediato al primero, no conviene esperar, no nos estamos poniendo jóvenes. Y todo sin mirar a la madre y a los hermanos, hasta que la mirada de la madre le quema la nuca, y George les guiña un ojo y dice y cuartos de sobra para mamá, Irving y Godwin. Y para todos los visitantes del mundo, para tu familia, Raquel, para todos los Hoheb, los Hurrard, los Enríquez y los Monsanto de la tierra.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Es posible escribir así



Hace unos días caminaba por la playa tomando fotos, con cierta ansiedad, porque el cuerpo me dice que es más inteligente hacerse parte de un lugar que interponerle una cámara. Entonces la camarita se averió. El personaje de El polaco, nouvelle de Pía Bouzas (Buenos Aires, 1968) sufre un percance similar, si bien en un contexto que promete experiencias heroicas: escalar la pared alta y plana de un pico en la cercanía del El Bolsón, en la región patagónica que ha deslumbrado a los más dispares viajeros, entre ellos Eugenio María de Hostos, el pintor Rugendas y Bruce Chatwin, teórico practicante del nomadismo. El narrador de El polaco es un muchacho de clase trabajadora, a quien su novia desprecia por soñador, y que, deslumbrado por las fotos vistas en las páginas esmaltadas de una publicación sobre alpinismo, contrae la descabellada ambición de aspirar a una salida gloriosa de su clase alzándose con la fama de fotógrafo artístico. Sus dos compañeros de aventura –la vida para la aventura, la narración de una gran expedición y sus nimias frustraciones es la cifra de este relato– aspiran a llegar a la cima porque sí, suprema vivencia de la vida gloriosa.

El polaco es, ya se ha dicho, un relato de aventuras de esos que parecen imposibles en esta era tecnologizada de reality shows, donde ya nada ni nadie es invisible, ni los países ni la gente; todo lo hacemos frente a un espectador. Quien  sabe que vive ante una cámara – o que sostiene una cámara–  renuncia a aventurarse, se conforma con parasitar en el vientre más craso. El polaco representa, en sus códigos expresivos, la tensión de los jóvenes desperdiciados y las prisiones del lenguaje. Al principio domina la musicalidad misteriosa de la jerga de la calle, esa que solo alcanza a metaforizar la vida a flor de brea de los barrios. A medida que el personaje se adentra en el bosque se apropia de un lenguaje más cercano a la letra escrita y a sus límites: “Acá estás dentro del bosque, oscuro la mayor parte del día. Bosque profundo, denso, sin un alma… Al rato nos concentrábamos y seguíamos en silencio”.
Con estos elementos se construye un relato vivaz que, como es propio de los buenos de aventuras, completa la narración de exterioridades con una inmersión en la intimidad del ojo que contempla. No comentaré el final, para no aguar la fiesta. Solo esta señal de la conciencia de la transformación, para la que faltan palabras, pero cuyos límites la palabra comunica: “Es difícil hablar. Tengo que inventarme una nueva. Ellos tampoco dicen todo. Hay una parte de la experiencia que se la devora el silencio. Queda encriptada en alguna fisura profunda. A veces sube hasta la superficie, pita como un géiser en la madrugada. Pero es fugaz. Así como brota se calma, vuelve a las profundidades”.

Cuando leo ficciones como El polaco confirmo que todavía es posible escribir con libertad de pensamiento y paciencia en un mercado literario saturado por el formalismo manierista del reality show y de las series televisadas en general, el cine ahogado de sangre artificial e idiotez y la fofa cultura pop. Libertad y paciencia para la literatura como artefacto material del ser vivo que empleó un tiempo precioso en recoger y registrar sus conmociones. Esa vitalidad, que puede incluso sentirse, aunque sea desperdiciada, en autores nihilistas, como la energía que se gasta en el exceso, es la marca del animal de palabra que somos. Para mí, que ya me acerco a mis despedidas, es importante sentirla en las nuevas escrituras, como en este lúcido relato de Pía Bouzas.  
PD. El polaco se publicó en 2013 por un colectivo de autores dedicado a difundir la nueva literatura rioplatense.  www.exposicióndela actual.blogspot.com.ar