jueves, 14 de agosto de 2014

 
 
 
Underwood... señaló vigas entrelazadas caricaturas de impresión. La vergüenza, la frustración, pierde el juego. Un hombre sentado en el lado izquierdo para evitar el acoso de sus piernas, por lo que la estufa de carbón para la calefacción. Atari es una pluma congelado. Esta es una habitación larga y estrecha. ¿Puede el calor de julio húmedo, todo el gabinete, muebles, marcos de cuadros en la mañana. Al este frente de mi ventana. Ventana, la luna, una gran luz que viene en silencio en la oscuridad de la incertidumbre, la pared de ladrillo chimenea apagada y rebotar hacia atrás y adelante deleite de hadas para cumplir. Familia servicio de luz de la luna de la historieta Muro de los Lamentos, la madre y el padre. Él cree que la navaja fácil unión de punto de fibra reorganizado. Forro de plástico y la caja, tire del cajón abierto.
 
(Primer párrafo de la (ex) mi novela inédita Raquel en Rutherford pasado por aguas del húngaro, urdu, chino, sueco y de ahí al español de google. Para Nestor Barreto.  En la foto la casa de la familia Williams Hoheb en Passaic Avenue, Rutherford)

lunes, 4 de agosto de 2014

George

 
Carlos Hoheb se alegró mucho cuando Raquel enamoró como por encanto a William George Williams. William George es hombre escéptico, predecible como un tendero. Sin gran talento para la música, aunque capaz de sacarle al piano unos acordes acompañantes. Fiel lector de Shakespeare, puntual, de buen carácter, dotado del temple necesario para amansar los nervios de Raquel. Carlos Hoheb no disputaba que el espiritismo fuera una de las ciencias de su tiempo. ¿Quién era él para enmendarle necrofilias a Betances y a Victor Hugo? Los saberes no tienen fronteras. Pero lo que Raquel veía sorprendía. Lo que no decía inquietaba más. Ese secreto aterrador que es Raquel.
(De Raquel en Rutherford, novela inédita; retrato de William George Williams, padre del poeta William C
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arlos Williams)

domingo, 27 de julio de 2014

En el bosque


 
 
 
Para Vicente Quevedo Bonilla

Escribir sobre Fermina es describir paisajes. Se crió entre farallones y lomas, en la Sierra de Cayey, un bosque húmedo subtropical donde se puede tocar y pesar los olores en la luz líquida. Ese bosque es lugar de nacimiento de corrientes de agua, un vivero de quebradas sin nombre que han ido perdiendo sus caudales. Manantiales como el pozo que endulzó la agonía de mi abuela. En aquel bosque se amontonaban especies del otro lado del mundo con árboles y arbustos nativos. Los nombres con que alguna vez los llamaron ya no se escuchan en el silencio que rodea sus descendientes: uvero de monte, avispillo, cedro hembra, orégano cimarrón, guaraguao, birijí, jagüey, guamá, jácana, espino rubial, higuillo.

…….

Aquellos humanos eran de otra especie. Cuando visitamos el bosque de Fermina, cuando pasamos nueve horas en su bosque, al regresar a casa sentí que seguía allí, caminando a oscuras de un lado a otro de la sala cerrada. Recordé una visita que nos hizo Juan Alsina Santos, el patriarca empobrecido, a mi madre, a mi hermana y a mí. Vivíamos en una casa pequeña, como de muñecas. Fue la primera propia de mi madre, que vivió para darle mucho amor a sus casas. La posibilidad misma de ese amor fue la obra maestra de una huérfana que supo quererse a sí misma, desdoblarse en víctima y amparo, curarse con la poca ayuda que tuvo, llegar a ser dueña y custodia de tres casas propias. No sé cómo aquel jibaro, mi abuelo Juan, nacido para la fecha del nacimiento de William Carlos Williams, magro y derechito como un general de cinco estrellas, vestido de kaki, viajó hasta la casita en Bayamón donde lo esperábamos mi madre y sus dos hijas traviesas, matriculadas en un colegio católico que ella pagaba haciendo milagros. Debe haber pasado una semana con nosotras, quizás con motivo de algún examen médico o simplemente porque en aquel tiempo, cuando se estrenaba casa, era obligatorio mostrarla a amigos y parientes.  Mi madre debe haber sufrido una asombrada decepción ante la reacción del abuelo a la luz eléctrica que emanaba de las bombillas literalmente flamantes. Se recogía en el “cuarto de huéspedes” a las seis de la tarde, cuando empezaba a oscurecer. Por los resquicios de la puerta veíamos un inusitado resplandor. Cuando mi abuelo salía de la habitación y se perdía en el patio cercado, podando con un machete las ramas de los hermosos guayabos, se desnudó el misterio. Encontramos una vela consumida hasta la mitad y un rastro de cera en el piso. Don Juan había sellado con papel de periódico las rendijas en las persianas “Miami” por donde entraba la luz del exterior y se alumbraba con una vela, creando en el cuarto de huéspedes una cápsula del tiempo, la ilusión de una casita en el bosque hecha de tablones rústicos, humo de fogón y gallinas durmientes. Pasó menos tiempo del anunciado. El comportamiento de aquel extraterrestre le restó esplendor a la casa moderna de mi madre.

Eran de otra edad de la especie aquellos humanos. Más finos de oído, afinados en el zigzagueo de las víboras y las mangostas por la hojarasca. Su mundo era más estrecho y profundo. No quiero salir de ese mundo quiero vivirlo como ella en esta parte de la novela de la madre del poeta. Las mujeres y los niños vivían como viven las hembras de los primates y sus críos, espulgándose como acto de caridad y de placer, como se quitan las cáscaras de las semillas germinadas en casa, amamantando y recogiendo los frutos maduros del cafetal, dando nombres propios a los animales silvestres, disfrutando el golpe del agua en la garganta rocosa del lecho de las corrientes. Es la presencia del bosque, y de las rocas bautizadas y de las lianas enmarañadas lo que aquí cuenta.
 
(De "Raquel en Rutherford", © 2014, Marta Aponte Alsina; foto del Bosque Las Planadas, Cayey,
© Frank Vélez Quiñones)



 

 

 

sábado, 19 de julio de 2014

Yauco


 
 
 
Yauco, además de ser el gemelo umbilical desconocido de un lugar igualmente desconocido, situado en sus antípodas, en el océano Pacífico, se caracteriza por su identidad de asentamiento fundado en la latitud 18, longitud 66 del planeta Tierra. Sus calles son anchas y rectas como las de Coamo, para no hablar de otro lujo típico de los pueblos parlanchines: dos plazas, tan desiertas cuando Laurita las vio como los edificios que soportaban en sus fachadas hasta cinco colores, con predominio del berrinche azul profundo y el dulce amarillo. Qué locura berrenda, se parece a la Basílica de San Basilio en Moscú, pensó Laurita, viendo confirmado en aquel demente cromatismo su buen rumbo de viajera patriótica.

Don Sebastián se ofreció a llevarla hasta su destino, pero Laurita le dijo que no se molestara, quería caminar. El chofer la esperaría en una de las plazas, cerca de unas mesitas sombreadas por laureles enormes, donde unos viejos más viejos que él jugaban dómino y la brisa era constante y seca, recién llegada por los caminos del mar hasta el pueblo perfumado por la esencia del café, como decía la plena que Laurita había escuchado en una de sus excursiones a las casas disqueras santurcinas cercanas a Miramar, donde se veneraban los sones de la prehistoria de Puerto Rico.

Subió por una de las calles empinadas, bordeada de viviendas minúsculas de techos a cuatro aguas y balcones sostenidos por columnitas clásicas, dejándose orientar por la aguja de una chimenea que se erguía detrás de los escombros de lo que fue un almacén de café que databa de la época del oro negro, cuando en el Vaticano se preferían los aromas de Puerto Rico y los corsos manejaban la ruta del grano desde los montes de Yauco hasta la mesa del Papa. Las ruinas del almacén ocupaban una cuadra completa, flanqueada por callecitas laterales. En una de ellas la mensajera encontró la casa de puertas pintadas, o más bien despintadas, de un rojo-sangre coagulada.

Corroboró la dirección del sobre: Gloria, actriz del cine mudo, calle X número Y.

Detrás de aquella fachada de estudio cinematográfico no podía vivir nadie, ni de chiste. Esta nueva marca de una prolongada degustación de casas en ruinas colmaba la copa. Ninguna superaría la morada de Sara, pintora mediocre residente en Coamo, tan acogedora aunque le faltara medio techo. Quiso salir corriendo, algo le decía que le aguardaba una experiencia estremecedora en el mal sentido de la palabra, mucho menos grata que el beso de Esteban. Pero la curiosidad pudo más que su sensatez de vieja prematura. Seguramente Gloria, actriz residente en Yauco, le aportaría la clave final que explicara el sentido de las cartas.

Reviviendo el ingenuo desbordamiento de los 19 años, cuando la contagió la fiebre de una vida sana y participó en varias excursiones de rappelling a los farallones de la cordillera, trepó arañando el balcón elevado y saltó por encima del barandal. Tocó la puerta del medio. Algo se deslizaba en zigzag allá adentro, una cosa tan lenta y jadeante, que Laurita estaba a punto de infartar cuando se abrió la puerta y apareció la tercera vieja.

Usaba un turbante con motivos de piel de leopardo, gafas oscuras y una bata negra de mangas largas y anchas que rozaba el suelo y dejaba al descubierto un conjunto de pantalón y blusa de una sola pieza, con el exclusivo accesorio de un cinturón de resplandores metálicos. Las zapatillas bordadas puntiagudas se sostenían sobre unos tacos altísimos.

Recostó un brazo sobre el marco de la puerta. Laurita, que se moría del estrés, tuvo que aguantar la risa cuando vio que la doña colocaba una mano en la cintura y sujetaba entre los dedos retorcidos como las garras de una gallina señorial, largas y sucias de tanto escarbar en el jardín, una boquilla de marfil labrada con cabezas de dragones. La vieja la miró, las córneas perdidas en el inmenso blanco de unos ojos brotados, enarcando tanto una ceja que parecía la rúbrica de una firma.

– ¿Doña Gloria?

– La misma– disparó la otra indignada, con acento de gitana de Metro Goldwin Mayer. – Qué ordinaria eres, cómo te atreves a reírte de mí antes de presentarte. En fin, qué otra cosa se puede esperar, tu mundo es sumamente ordinario. Entra, pero antes dime qué quieres ser cuando seas grande.

A Laurita la pregunta le pareció natural.

– Quiero viajar – dijo.

– Además de ordinaria eres bastante estúpida. Te pregunté qué querías ser, no qué querías hacer. Dime tu tipo de sangre.

– Soy donante universal – dijo Laurita, agraviada.

Gloria la invitó a pasar haciendo un gesto burlón con los dedos torcidos. El dramatismo del lunar junto a la boca competía con el siniestro maquillaje de ojos en una comedia macabra que de manera ilógica provocaba simpatía. Laurita se dijo que después de todo la que había llegado en son de burla era ella, y que se tenía merecida la reacción agresiva de la vieja. Hizo las paces de corazón. Nada, ni siquiera el estúpido terror, le arruinaría aquel día perfecto, de nubes gordas e incitante sopa de mar que invitaba a un baño soñoliento. De las adversidades la protegería la gentileza de don Sebastián, quien la esperaba en la plaza para llevarla de regreso a Miramar a cambio de una pequeña fortuna.

Tan pronto hizo las paces con la malacrianza de Gloria se sintió protagonista de uno de esos juegos electrónicos donde ,una vez se superan ciertos niveles de dificultad, pasamos a otro plano más complicado y horrendo.

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(De Vampiresas, 2004)

domingo, 13 de julio de 2014

Carlos escribe



Para Félix Jiménez

Se inmoviliza boca arriba, arropado hasta el esternón, con las manos cruzadas sobre el pecho. No quiere despertar a su mujer. Floss tiene el sueño fácil, pero liviano. El cuerpo de Floss se comunica con el suyo por las vísceras. Vísceras tosedoras. Coughing entrails. In Rutherford summer is a sunny summons to Ruth and Ford. Así, de cara a la sombra de las ramas en el techo, trata de no pensar que dentro de unas horas caerá en un remolino de actividades, entre ellas, la expulsión de su madre.

El doctor escribe a toda hora. Cuando no tiene papel memoriza apuntes que luego anota. Su mente es un intestino irritado. Trae un niño a la luz y escribe. Corta un tumor y escribe. Extirpa amígdalas y escribe. Receta para el sarampión y escribe. Rasguña sobre el rojo y el número cinco y las violetas. Memoriza hasta veinte frases escuchadas en las aceras o en las farmacias o en la sala de partos y uniéndolas sin maquillarlas, sin molestarse en que rechinen por su desconexión, escribe un párrafo de novela.

De noche, en el ático, escribe. Cierra los ojos y escribe entre el bochorno y la furia. Se hunde en el desasosiego y escribe. Odia las mulas de carga que son sus pacientes miserables, hasta que de golpe, en el hombre más vil, descubre el deseo, la única virtud posible en la pobreza.  Y escribe.

Raras veces lo hace en el cuaderno rojo que le regaló una de sus pacientes respetables. Alguna vez lo usó y de los dedos le salía mierda. Cuando trabaja en casa prefiere la Underwood del ático o la LR Smith colocada en una tabla que puede subirse y ajustarse, adosada al escritorio de su oficina residencial. Floss se mueve y suspira, abrazada a la almohada. Quizás le convenga una friega con el bálsamo nervino que a veces prepara el boticario según la receta que Carlos trajo de Austria, donde estudió una temporada en un hogar para enfermos mentales. Entre tratamientos despiadados, alguna vez se atrevían a acariciar la carne de los pacientes.
 
“Poema para locos”

Ungüento de tuétano 175 gramos

Aceite de almendras   60 gramos

Aceite alcanforado  225 gramos

Esencia de romero   4 gotas

Esencia de clavos   15 gotas

Tintura de tolú 5 gramos

Alcohol  30 gramos

(clavos de especie, tolú del Perú, almendras en los álamos del peregrino)


Estar en poesía es cortar sin necesidad de navajas. Lo susurra y la frase se mece en la sombra de las ramas danzantes como quien sobrevive a una guerra y piensa que solo le quedan unos segundos,  el alma atada por un hilito al cuerpo inerte. Cuando muere un niño todo cae. Del médico depende que no mueran los niños. De él depende que su madre no sufra, que la memoria de su padre muerto no se disuelva en la indiferencia. De él depende que los Estados Unidos de América se reconozcan en el espejo de las voces que él escucha.

La Underwood del ático tiene horarios fijos. Años atrás los niños de la casa, sus hijos, los nietos de Raquel, se quedaban dormidos arrullados por golpes de teclas. No siempre, pero casi siempre, la música de las teclas suena acompasada y lenta. Los golpes de los dedos del padre expresan la alegría del padre y nada le sucede a un niño si su padre es ante todo, un hombre feliz de conciencia limpia. Pero a veces los dedos atacan la Underwood con golpes feroces, como los campesinos a sus bestias de carga. Con la rabia de una bestia de carga que destroza a otra bestia de carga. Y los niños sueñan que se cae el puente. Cuando el padre no es bueno, los niños se desvelan, se orinan en las camas, tiemblan.

William Carlos escribe porque piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje del continente, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos O a una puta que acoge leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes. Es un hombre abierto, sus nervios se resienten. El poema es un consuelo, el inhalador del asmático. Es un hombre abierto, pero ha sabido modular y afinar y controlar el tránsito de las voces y el toqueteo de los espíritus.

(De Raquel en Rutherford, novela inédita) © Marta Aponte Alsina

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viernes, 13 de junio de 2014

Trapitos


 
La experiencia de una vieja (de un viejo) que cuida a una vieja. El afecto tiene más de un nombre: miedo, desprecio, odio, compasión, reverencia. Rupturas irreparables. La historia de Raquel no debió contarse porque “its too mixed”, decía ella misma, que no se cansaba de contarla mientras el hijo le anotaba los suspiros. Las flores que le regalaba a Raquel. Yo a mami orquídeas y ella a mí sus rencores.

Es común que un autor macho desplace su impotencia hacia cuanto le rodea, sin ensuciarse las manos ni reconocer el reflejo de sus ojos en la miseria, ni la vacuidad de sus lamentos. No es el caso de William Carlos Williams. A WCW se le ha culpado de infantilismo por el apego a sus padres, a la familia, a su ciudad natal.

En una fioritura intercalada en Estrella distante, Roberto Bolaño pausó para una sonrisa en la evocación de William Carlos. El personaje Juan Stein expresa la intención de sustituir en un marco “de cierta ampulosidad” el retrato de un tal Cherniakovski, primo político de Stein, judío y general del ejército soviético, por una foto de Carlos “con sus aperos de médico de pueblo… caminando por una larga acera tranquila bordeada de rejas de madera pintadas de blanco, verde o rojo”. William Carlos, ni triste ni feliz, pero contento; sabe que el paciente de turno no morirá. Insecto atrapado en la acidez del narrador enfermo que retrasa su propia muerte coqueteando con la vanidad de la muerte; contando las más atroces excursiones de la muerte. El médico de pueblo, en una larga acera tranquila, espejo de templanza, a la manera de un filósofo puntual, acapara la mediocridad dorada que se le negó a un conjunto de naciones paridas al precio de muertes incontables. En la foto imaginaria el médico es un bobo feliz; la expresión mediocre del médico de pueblo en una Nueva Inglaterra de tarjeta postal es objeto de la cariñosa envidia del poeta enfermo.

Mi pobre madre me castigaba despreciándose. Va el adjetivo sin pena, en el sentido más hermoso de la palabra pobre. Los venenos del odio son cuernos de abundancia. Cuando todavía sabía quién era yo, le dije, un día, mientras la llevaba de regreso a su casa, basta ya. Que no me hiriera más, que no me envenenara la vida con sus lamentos. Pero Martita, si yo soy una bruta. Algún día quisiera entender lo que escribes.

No, madre. La bruta sería yo si en vez de recibirme en tus brazos, donde me acurrucó la enfermera después de echarme gotas de nitrato de plata en los ojos, en aquella clínica de ventanas abiertas a las calles polvorientas de un pueblo en que diste a luz sin que nadie te acompañara, en la clínica adonde llegaste caminando cuando sentiste los primeros dolores, sin tu marido, sin tus suegros quién sabe dónde estaban, sin el recuerdo de tu madre muerta, si en vez de recibirme me hubieras dejado caer.

Las atroces guerras modernas se revistieron de un sistema de derecho. Las víctimas –la flor y nata de las víctimas–, acuden a los tribunales en busca de reivindicaciones. Para las mujeres despojadas porque sí, porque así es la vida, no ha habido nunca cortes defensoras. La niña que fue mi madre acumuló retazos de dignidad con los que les sacaba brillo a sus casitas de urbanización como si hubieran sido joyas, pero para las vidas mutiladas no ha habido nunca tribunales. Mi madre intentó escribir sus memorias. Lo hacía bien, con su letra cuidadosa y limpia. Llenó libretas de recuerdos amparados en la distancia de las ficciones. Las destruyó, pero yo no destruiré su recuerdo, ni los trapitos que me legó de la vida de su madre, su entrada al mundo.

Escribir a la madre es traición. Vivir con ella, y escribirla, como lo hizo William Carlos hasta que él mismo se hizo viejo, es una traición prodigiosa.
(Pasaje mi novela Raquel en Rutherford)

viernes, 16 de mayo de 2014

En la sombrerería




Raquel no se imagina que dará a luz a un poeta en 1883. Alice le ha leído las cartas y el demente Ludovico le ha contado sus sueños eróticos. Sabe que está llamada a grandes cosas, pero presiente que las grandes cosas serán obra suya, no de un hijo. Ha visto que algunas mujeres pintan y lo hacen con el reconocimiento que los pintores les otorgan. Ha visto algunos cuadros de Berthe Morisot y Mary Cassat, no desconoce que son mujeres adineradas, pero no le preocupa demasiado, porque ella está en París, el centro del mundo, y su maestro la elogia diciéndole que su venenosa mezcla de verde parís es insuperable. Hoy, además, piensa en la Exposición Universal que acaba de inaugurarse en Trocadero.  Y sueña con sombreros.
Casi sin transición, como para intentar lavar las calles de la sangre de 30,000 muertos, París se transgenera en la ciudad más femenina del mundo. De capital de revoluciones y matanzas, pasa a ocupar el sitial de reina de la moda. Donde se quemaron panaderías y talleres se levantan tienditas donde trabajan muchachas rozagantes, campesinas de piel de leche, que se frotan las manos encallecidas y ulceradas por las labores previas con ungüento  Genevieve:

Aceite de oliva   240 gramos

Trementina  80 gramos

Cera amarilla 40 gramos

Alcanfor 15 gramos

Sándalo rojo  10 gramos

El sombrero es el nuevo emblema alegórico de la ciudad que modernizó las decapitaciones como escenarios de justicia. Cada sombrero guarda su diferencia de auténtica obra de arte. Los elementos son pocos, las combinaciones numerosas. El molde donde se coloca el fieltro o el casco de paja tiene forma de cabeza cortada. Los sombreros terminados se exhiben en torrecitas de madera, como se mostraba la cabeza cercenada de un noble en la punta de una pica. La guillotina, fabricante de sombreros ausentes, se anunciaba como un artefacto aséptico de la revolución industrial. Casi un siglo después de las decapitaciones, la Plaza de La Bastilla se llama Plaza de la Concordia. Las cabezas cortadas adornan vitrinas.

La sombrerera es una mujer, aunque el propietario de la sombrerería pueda ser un caballero perfumado con esencia de lavanda. Antes de confeccionar un sombrero, la artesana tiene alguna idea de lo que le irá bien a la clienta y acceso a materiales: la base redonda, que se coloca sobre el molde ajustado a las dimensiones de la cabeza exigente, puede ser de terciopelo de seda; ristras de festones enrollados de donde cortar cintas anchas, maleables, azules, doradas, anaranjadas; cajones de madera, generosos como la alacena de un botarate, repletos de cortes de tul liviano con que forrar la paja olorosa o formar flores de pétalos pesados; plumillas de ganso o faisán, plumas teñidas.

Alice Monsanto decide que el oficio de sombrerera le conviene a Raquel. En el tiempo que lleva viviendo con sus primos ni siquiera se he echado un novio que la saque a pasear en domingo. Tiene aires de grandeza, quiere ser artista. Gana medallitas en la Académie, pero no se decide a empeñarlas. Alice apenas alcanza a evitar que Ludovico preñe a la primita y a la sirvienta. Porque tienen doncella los Monsanto de Bretaña y Saint Thomas. Alice la trata a patadas. Las doncellas solo sirven bien si se las trata a patadas, eso lo aprendió Alice sin ser gran señora.

 

Alice conoce a una sombrerera y un día va con Raquel al lugar donde trabaja. La sombrerera es una pintura de Tissot: cara larga, llena, rizos rubios recogidos en un moño, ojos del color de la albahaca en proceso de deshidratación, con un reflejo de tristeza, diadema del tono albaricoque natural de sus labios, sonrisa discreta y cálida cuando despide a una clienta con afabilidad sin olvidar el lugar que le corresponde por destino de nacimiento. Hasta hace poco era una mujercita del campo, que llegó sin idea de dónde estaba el Sena. De cómo Alice la conoció revela bien el temperamento señorial de las francesas criollas. Fue en el mercado, donde la futura sombrerera picaba cabezas y raspaba agallas de pescado. Alice notó que en vez de un pañuelo, como los demás, lucía una gorra de fieltro bordada. La hice yo, dijo la muchacha. Usted tiene talento, comentó Alice, que algo sabía de artistas. La próxima vez la vio a través de una vidriera, muy bien puesta, con el pelo limpio, como si la hubieran estregado bien y puesto a secar. La mujer no solo la reconoce, sino que le da las gracias por confiar en ella y les pide que pasen a la trastienda.

Determinar la anchura del ala, pensar que la cara más insignificante, así pequeña como la tuya, Raquel, puede hacerse enigmática al sesgo del ala ancha del sombrero. En tu caso, discreción ante todo, asegura Alice. Templanza al escoger los adornos. Muy pocos, llenarte de adornos sería como apilar torres sobre un dedal, eres pequeña. Pudor, silencio, dignidad, los adornos de la pobreza respetable. El arte del sombrero puede ser más peligroso que el arte de manejar abanicos. Los abanicos no se hicieron para ti. Tus manos no son hermosas, que pena de manos. Palmitas anchas, deditos cortos. (El hijo poeta estará de acuerdo: her ungainly hands.) Una cara pequeña, sin duda una gran inteligencia. Tienes las uñas manchadas. Soy estudiante de pintura y asistente de pintor, dice Raquel. Lo que tienes que hacer es pintar un paisaje con playa y palmeras, dice Alice, para que traigas pan a la mesa. Aquí somos artistas, todo lo hacemos a mano, dijo la sombrerera. Esas máquinas de hacer sombreros, industriales, ya las  verás, ¿ya fuiste a la exposición?, parecen prensas de carpintero.

Raquel se interesa en lo que dice esta muchacha de manos resecas que habla con más sensatez que la primita. Sabe cómo tolerar la crueldad de Alice, sin malicia, porque sobrevivir no es malicia sino mandato de la naturaleza.  En París se viene a estudiar y a hacer grandes obras. Su maestro pensará que el verde parís es el destino venenoso de la isleña. Ella sabe que la ceguera es el destino del maestro. El maestro no ha salido jamás de una ciudad capaz de matar a sus hijos con frivolidad. El maestro todavía puede enseñarle algo, pero no mucho. En cambio esta muchacha algo tiene en común con ella, no obstante el hecho de que los padres de Raquel fueron propietarios de esclavos y la muchacha es descendiente de siervos. Es cierto que el mundo tiene medidas. Minúsculas o lejanas, da igual. Quien toma la medida de una cabeza tiene la misma obsesión del que toma la medida del mundo, o la medida de una línea llamada verso. Ajustar, encajar, ponderar, es decir achicar, sobrevolar, reducir al tamaño de una mano lo que no es posible entender.

Esto no acabaría de comprenderlo Raquel hasta los intentos de escapar de su prisión de vieja en Rutherford. Sí le inspiró simpatía la situación de la muchacha que le tomó la medida de la cabeza. El descubrimiento fue mutuo. La muchacha no sabía leer, pero su amante sí. Su amante era una mujer que se ganaba la vida alargando las esperanzas de las tenderas. Leía manos, palpaba cabezas. En la cama con la muchacha se reía de las palabras que hacían llorar a las esposas de los carniceros. La sombrerera se sintió inspirada. Les dijo que con lo que sabía de cabezas podría ser frenóloga. Palpando las depresiones y protuberancias de Raquel adivinó un talento para las palabras. Si te las tragas mueres, dijo. Te equivocas, dijo Alice, celosa. Esta muchachita sabe algo de dibujo y de música. Cuando pinte un paisaje con palmeras nos sacará de pobres. Pero si apenas habla. Solo toca el piano. Vamos a perder el piano si no se despabila. Y si vieras las muecas que hace. Es nativa de una isla, Puerto Rico, donde abundan los monitos.

Monos no, dice Raquel. Frutas sí, y más sabrosas que las ciruelas. De veras, dice la chica. A ver, muéstrame. Raquel dibujó frutas que la sombrerera no conocía y no tan solo porque su familiaridad se inclinaba al oficio previo de vendedora de peces y frutos de mar, sino porque las frutas que dibujaba aquella mujercita graciosa eran de un lugar tan preciso que no viajaban bien. El sabor del mamey se parece al del albaricoque, pero el de la quenepa no se parece nada más que al paraíso.  La quenepa tenía el tamaño justo para adornar sombreros parisinos. La muchacha guardó los dibujos e incluso diseñó para la duquesa de Abrantes un sombrero campestre con quenepas. A Raquel le prometió un sombrero y una carrera si se hacía su aprendiz. Pero tu verdadero talento no está en las cabezas de los demás, sino en la cabeza propia, persevera en la pintura y quizás algún día podrás ilustrar las novelas de Zola. ¿Pero te gusta Zola, ese depravado? No le hagas caso, Raquel.

No le faltaba a Alice una pizca de razón. La persona más equivocada siempre tiene una pizca de razón. Entre limpiar las brochas de Carolus-Duran y exponerse a la muerte por envenenamiento con verde parís o estudiar un oficio que llevaba el signo ascendente de los tiempos, ni siquiera había que pensarlo. Las burguesas no salían a la calle sin sombrero, era el velo árabe de la opulencia, la manifestación enarbolada del poder de sus maridos. Las muchachas trabajadoras y las estudiantes como Raquel hubieran hecho bien en servirse de la fiebre sombrerera. A ella misma le asombró su respuesta. Sueño con ser una gran artista, dijo, con tan inusitada seguridad, que Alice se tragó las palabras. Con el tiempo y en contacto con la economía capitalista más adelantada de la historia, como decía William George con leve ironía, Raquel descubrió que una mujer puede ser más pequeña que su sombrero. Para ir a la iglesia o de tiendas no se puede prescindir del sombrero. Su favorito –alargaba el contraste de su gracia entre bastas anglosajonas– era una cascada de encajes negros.      
 
(De mi novela Raquel en Rutherford, en proceso.)